La tecnología ha avanzado a pasos agigantados. La ciencia en general ha hecho de sus logros su estandarte. El mundo avanza en lo que se ha denominado “la era de la información y la comunicación”. Se han facilitado los medios a través de los cuales las personas pueden mantenerse en contacto, pero se ha debilitado la comunicación.
Los instrumentos que provee la tecnología para el ejercicio de la comunicación, han hecho que la misma pierda mucho de su significado. La tendencia del hombre es a no apreciar lo que tiene a su alrededor. De ahí el dicho: “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Y de hecho, hay tanto a nuestro alrededor que muchas veces lo ignoramos por completo. Los seres humanos son ejemplo de ello.
Teléfonos celulares, redes “sociales” en internet, servicios de mensajería instantánea, y para los que gustan ser un tanto más formales, correos electrónicos. Todos estos son medios, pero el mundo los ha transformado en fines en sí mismos. Ello ha traído consecuencias terribles a la comunicación entre los seres humanos.
Millones y millones de personas se conectan a diario a una red fría, muchas veces sin siquiera interactuar con sus semejantes. Sus habilidades sociales disminuyen. Se pierde el valor de la amistad que por siglos tanto se ha idealizado.
Pienso que es hora de que comencemos a considerar, no sólo a quienes tenemos a nuestro alrededor, sino a aquellos con quienes tenemos contacto a través de la tecnología. Que comencemos a interesarnos por ellos. Cada persona es única e irrepetible, con un trayecto andado que es igualmente único. Cada persona está llena de historias, sentimientos, ideas, pensamientos. Y cada uno, por más tímido o callado que sea, tiene algo que decir.
Si viéramos a cada persona en su calidad de ser humano con estas cualidades, de seguro sería diferente nuestro trato para con ellos. ¡Aún con ellos a quienes todavía no conocemos! Esto requiere de tacto y sentido, de entendimiento y calidez, de corazón y humanidad. Cada persona es un individuo que representa una oportunidad única para entrar en otro mundo. Rompamos el cascarón, las barreras y los muros que nos hemos construido alrededor de nosotros mismos: es hora de ver al ser humano.
La vida se nos va. Unos nos pasamos la vida entera luchando por aquello que sabemos no lograremos alcanzar totalmente. Otros se enfocan en luchas donde de seguro obtendrán más victorias. Caminos anchos y caminos angostos… siempre hay que elegir.
Es lamentable la situación que vive la República Dominicana. El pseudo-dictador que tenemos por presidente, Dr. Leonel Fernández, tiene el arrojo de decir que el desarrollo de los pueblos se debe a los impuestos, y que si no hay presión tributaria suficiente, no hay desarrollo. En otras palabras: Aumentemos indiscriminadamente los impuestos para “ser desarrollados”.
Hoy, Lunes 10 de marzo, sale en el periódico Hoy una noticia sobre unos pastores evangélicos que piden que Dios “use cuatro años más” al presidente Leonel Fernández. Da pena ver que representantes y embajadores del Santísimo caigan en tan gran sinvergüencería, inmoralidad y oportunismo.
La XX Cumbre de Jefes de Estado y Gobierno del Grupo de Río, celebrada en esta semana en la República Dominicana, fue escenario para los primeros pasos en favor de la solución de la crisis diplomática que envuelve a la República Bolivariana de Venezuela, Colombia, Ecuador, y más recientemente, Nicaragua. En la misma, en principio se produjeron encuentros tensos, con debates fuertes entre las partes involucradas en torno a la violación de la soberanía ecuatoriana por parte de Colombia, y la justificación de esta última por mero utilitarismo.
Me han pedido algunos que me pronuncie en torno al conflicto surgido entre Ecuador, Colombia y la República Bolivariana de Venezuela. Quise por todos medios evitar referirme al mismo, pero creo que es hora de dar mi opinión al respecto.
Otra de las causas o factores influyentes que podrían citarse en cuanto al problema educativo de la República Dominicana tiene que ver con la calidad de los currículos o programas escolares. Ante la observación de una sociedad cuya moral va en declive, y en atención al continuo deterioro de los vínculos familiares en los hogares, las escuelas deben prestar mayor atención a la formación de hombres y mujeres con valores concretos, de manera que ellos puedan servir adecuadamente a la sociedad.


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