“Con la verdad ni ofendo, ni temo”, decía José Gervasio Artigas, prócer uruguayo. El mismo presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, tuvo que salir en frente con esa frase para defender y aferrarse a lo que decía en torno a ciertas acciones del reino español en contra de América. Hoy también tengo que hacerme eco de esa frase, para así dilucidar unas ciertas estupideces que algunos están sosteniendo en contra mía.
La verdad es probablemente una de las fuerzas más temidas. Su poder es increíble. Independientemente de la veracidad de algo, si alguien lo cree con todas sus fuerzas, tiene la capacidad de llegar muy lejos. Los mártires cristianos estuvieron dispuestos a morir por la verdad de Cristo. Los terroristas islámicos están dispuestos a morir por creer la tergiversación del Islam que surgió en el pasado siglo. Son sus verdades, y eso les llevó a actuar al extremo: sin miedo, sin cobardía, sin dejadez.
¿He yo de ser menos? No. Y mucho menos cuando lo que observo es obvio, a sabiendas que ni siquiera hace falta ser licenciado o doctor en Derecho para darse cuenta de que la Constitución está siendo agredida violentamente por la clase gobernante en la República Dominicana. Por eso estoy dispuesto al destierro, tal y como desterrado fue Juan Pablo Duarte. Por eso estoy dispuesto a la muerte, tal y como muerto fue Francisco Alberto Caamaño Deñó. Por eso estoy dispuesto a que mi sangre sea derramada en defensa de una verdad, como fue derramada la del periodista Orlando Martínez.
Estando ahora convencido de la verdad, no tengo por qué temer. Mi deber es proceder. Luchar porque la libertad de expresión no sea reprimida o acallada, y porque las conciencias no sean destruidas por la represión política regente. Es necesario que otros vean esta verdad. Ya está escrito en la Biblia: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento” (Oseas 4:6). Mientras hayamos voces que nos opongamos a la aberración que se ha instaurado en el poder, no le faltará conocimiento al pueblo dominicano, siempre que éste sea inteligente y se aferre a la luz que le proveemos quienes podemos ver la realidad.
Entended esto ahora, y sabed que, aún si mi tiempo está cercano, el ideal puro, la lucha continua, el valor patriótico y la indignación por tanta corrupción quedarán viviendo. Serán mi herencia para las futuras generaciones. Y entonces untarán colirio en sus ojos y verán. Ya no habrán más excusas.
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