Causan gracia las posiciones que sostienen los aferrados al poder en cuanto a las últimas huelgas generales efectuadas en la República Dominicana. Parecen estar esclavizados a la filosofía del “palo si boga, palo si no boga”. Y es que, de cualquier manera, para ello todo lo que signifique una protesta en contra de sus políticas, es un “atentado contra el Estado”.
En tiempos en que las huelgas generales se caracterizaban por la violencia y la agresividad, decían que el salvajismo primaba en las huelgas. Hoy que las huelgas generales transcurren de forma pacífica, dicen que las huelgas son un fracaso. ¿Qué, entonces? Parecería que quieren ver la sangre correr por las calles del país para entonces decir que las huelgas no son un fracaso. Presentado un caso sangriento como ese, entonces dirían que las huelgas son agresivas y salvajes.
Hay, pues, una contradicción evidente en las posiciones que sostienen los actuales gobernantes. Deberían decidirse ya: si quieren huelgas sangrientas, que dejen decenas de personas muertas en las calles mientras la sangre corre y se derrama en la tierra, o si quieren huelgas pacíficas, que se atengan a la legalidad y al pacifismo. Pero lo que deben reconocer es claro: la huelga es un derecho político, y las condiciones actuales en que se encuentra nuestra nación la justifican.
Quizás el único inconveniente sería la proximidad de las elecciones presidenciales, lo cual entiendo. Ésta sería la única excusa válida para rechazar huelgas que protestan por las políticas ejercidas por el gobierno, pero restar legalidad al ejercicio pacífico de un derecho político-ciudadano que costó sangre obtener, no es una excusa válida para rechazarlas.



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