Pseudo-filósofos a la carga
La belleza de las palabras, suavemente plasmadas en la pantalla por aquellos que se dedican a moldearlas, tras una cuidada elección y pulido de las mismas, reflejan parte de ese anhelo del hombre por aquello que expresan tantos ideales. Lo bello, lo bueno, lo puro. Pablo describía en Filipenses 4:8 el conjunto de aquellas cosas que haría bien el hombre en mantener presentes en su mente: la verdad, la honestidad, la justicia, la pureza, el amor, lo de buen nombre, la virtud y lo loable.
Ha celebrado nuestro mundo lo repugnante y vil. Se ha convertido el planeta en un estercolero para las más bajas pasiones del ser humano; orgías continuas de lo aborrecible se evidencian día a día en los periódicos. Ahora muere uno, y he aquí, ahora muere otro. Y siguen muriendo. Padre mata a hijo. Hijo mata a madre. Hermano viola a hermana. Matan diez. Matan veinte. Matan sesenta. Cae la bolsa de valores. Aumenta la pobreza. Crisis alimentaria. ¿Es que esto no tiene final?
Panoramas semi-apocalípticos como los descritos, motivan al hombre a acudir a aquello que han olvidado. ¿Para qué lidiar con tanta negatividad cuando se puede escoger lo positivo? Así surgen multitud de profetas del optimismo, procurando a través de las palabras el “transformar vidas”, cuando sin darse cuenta muchas veces lo que hacen es que crean ejércitos de ignorantes e insensibles al dolor ajeno.
Aquellos profetas optimistas conocen el poder de las palabras. Saben motivar. Saben entonar. Saben hacer de sus voces el delicado trinar de las aves, o saben imitar el tranquilo sonido de las aguas. Unida la entonación de las palabras a la esencia misma de éstas, o habiendo entrelazado la personalidad adoptada a lo que dejan salir por sus labios, logran que muchos sean atraidos y fácilmente seducidos por este optimismo que se contrapone al hedor que se observa día a día.
Así nacen muchos pseudo-filósofos: gente que cree que con palabras bonitas, con incógnitas reflexivas, en realidad están en busca del vero conocimiento, o que cuanto menos quieren provocar en el hombre una lluvia de preguntas elevadas, de ideas incomprendidas, y de una tempestuosa y explosiva diarrea de palabras que pretenden ser sabias. Muchas veces son sólo palabras vacías, vanas, sin sentido, que apenas pretenden acariciar el oído, recrear la vista, o hacer descansar la mente de la realidad que observan a su alrededor.
¿Escapo yo de esta muchedumbre de pseudo-filósofos? No tengo ni la más mínima idea. Que lo refieran otros, aunque por la locura que abunda en el mundo, no podemos evitar que se nos ensucien los pies.




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