En las grandes épocas de la filosofía en el pasado, cuando abundaban los planteamientos que cuestionaban al ser, a la existencia, al entorno, buscando indagar verdades profundas en todo un océano de ideas y pensamientos, tuvieron su aparición dos modelos filosóficos a los cuales me referiré superficialmente en este escrito: el epicureísmo y el estoicismo.
El epicureísmo fue fundado por Epicúreo hacia el 307 antes de Cristo. La ataraxia, descrita como la imperturbabilidad frente a las pasiones, ya sean positivas o negativas, era el Norte de la filosofía epicúrea. Es decir: el sumo placer se basa en el disfrute de los placeres que no son vanos y que no produzcan dolor tras su disfrute. Por ejemplo: la mucha bebida conlleva a la resaca, que es un mal. Por lo tanto, la embriaguez es un estado que va en contra de la ataraxia: es un placer vano, provoca una situación desagradable posterior, y es movido por las pasiones.
El estoicismo fue fundado por Zenón de Citio hacia el año 301 antes de Cristo, recibiendo este movimiento filosófico su nombre porque se reunían en una Stoa o pórtico. Muerto Zenón, Cleantes y Crisipo se hacen cargo del movimiento, siendo este último el mayor exponente del movimiento. Hombres como Lucio Anneo Séneca y Epícteto de Frigia se encontraron entre los seguidores del estoicismo. Los estoicos proclamaban, al igual que los epicúreos, la ataraxia como el sumo bien. Sin embargo, suelen los estoicos ser conocidos más por una apatía que por la ataraxia como la conocieron los epicúreos. Por ello en muchas ocasiones se les describe como personas que perseguían la eliminación de las pasiones. Tan relacionados, podría decirse, estaban los planteamientos de ambos grupos que se mencionan juntos en la Biblia en el libro de los Hechos capítulo 17.
Ahora: ¿por qué relacionar estos dos conceptos con los comunes planteamientos revolucionarios? Los modelos filosóficos del estoicismo y el epicureísmo, así como de la mayoría de los movimientos establecidos, suelen ser de carácter definido. Los revolucionarios, en cambio, han vivido a lo largo de todas las épocas, por generalizar, y por ende sus planteamientos han sido tan diversos y sus acciones tan distintas, que no pueden ser englobados en un parámetro universal.
Hay revolucionarios que a base de violencia, en el estricto sentido de la revolución, logran su cometido. Otros lo hacen a base de lo que plantean sin necesariamente hacer uso de las armas. Quienes han adoptado los ideales revolucionarios en el mundo contemporáneo (en específico el presidente Hugo Chávez en la República Bolivariana de Venezuela, o el presidente Raúl Castro en Cuba, así como su hermano Fidel), lo han hecho bajo el concepto de la empatía: solidarizar con el dolor ajeno.
La ataraxia epicúrea y la apatía estoica (y aunque los estoicos promovían de forma activa la vida virtuosa) suelen ser más individualistas que la empatía revolucionaria, ya que el carácter revolucionario en la manera sostenida por los antes nombrados expresa un deber hacia aquellos que necesitan alguien que les defienda, revirtiendo el orden de las cosas o, por lo menos, balanceándolas. El énfasis revolucionario no está en yo vivir una vida virtuosa, o en yo no sufrir, sino en ayudar a los demás: en ser solidario, en cooperar, en ser empáticos.
El término revolucionario sigue siendo algo peyorativo para muchas personas. Aquí a un revolucionario le llamarían “cabeza caliente“, pero si “cabeza caliente” es luchar por el bien de los demás, entonces es mejor serlo que adoptar la ataraxia epicúrea o la apatía estoica. De nada vale ser bueno yo si no hago nada por otro, o no sufrir yo si otro sigue sufriendo. Como reza la frase: “El que no vive para servir, no sirve para vivir.” Permanecer insensibles, apáticos e indiferentes ante la realidad que ocurre a nuestro alrededor es un terrible reflejo de cuán podrida está la sociedad en la que nos encontramos.




Me parece muy acertada su conclusión sobre el tema que plantea. Realmente no tiene sentido la vida, sino aceptamos la existencia del otro, sino empatizamos con el otro. Muchas gracias o Dios se lo pague como dicen por aquí, por sus valiosas y justas reflexiones.